El masaje tántrico a domicilio que se salió de control
Cumplí 34 años sintiéndome atrapada en una rutina agotadora. Una amiga me habló de un masajista holístico y tántrico que realizaba sesiones a domicilio para desbloquear tensiones corporales. Reservé una cita para un sábado por la tarde en mi apartamento.
Cuando sonó el timbre apareció David: unos 32 años, ojos claros, voz pausada y una energía tranquila pero sumamente magnética. Traía consigo aceites esenciales de jazmín y almendras, toallas suaves y música ambiental relajante.
Preparé mi dormitorio con luz de velas aromáticas. Me pidió que me desnudara por completo y me tumbara boca abajo en la cama con una toalla sobre los glúteos. Al sentir sus manos tibias y cubiertas de aceite deslizándose sobre mis hombros y espalda, sentí cómo un escalofrío de relajación absoluta me invadía.
David trabajaba cada músculo con una cadencia hipnótica. Sus manos eran firmes pero increíblemente suaves. Poco a poco, fue bajando por mi columna vertebral y retiró la toalla con delicadeza. Sus palmas aceitosas comenzaron a masajear mis glúteos y la parte posterior de mis muslos, acercándose peligrosamente a mi zona más íntima con roces suaves que hacían que se me erizara la piel.
'Date la vuelta lentamente y respira profundo, Clara...', me indicó en un susurro. Me giré boca arriba, completamente desnuda y vulnerable ante su mirada. Sus ojos recorrieron mi cuerpo aceitado que brillaba a la luz de las velas. Vertió unas gotas tibias sobre mi vientre y comenzó a trazar círculos lentos, rozando suavemente la parte baja de mis pechos hasta pellizcar con delicadeza mis pezones erectos.
El masaje ya no era simplemente terapéutico; la atmósfera estaba cargada de una sensualidad abrumadora. David deslizó sus manos por el interior de mis muslos, abriéndolos con suavidad. Con los dedos impregnados en aceite, comenzó a masajear los pliegues de mi sexo con una lentitud exquisita.
Un gemido involuntario escapó de mi boca. Su dedo pulgar rozó mi clítoris mientras dos de sus dedos se deslizaban suavemente dentro de mí, lubricados por el aceite y por mis propios fluidos que brotaban en abundancia: 'Estás increíblemente receptiva y caliente, Clara... déjate llevar por completo'.
No pude contenerme más. Lo tomé de la nuca y lo acerqué hacia mí. Nos besamos con un hambre desbordada mientras su lengua caliente recorría mi boca. David se despojó rápidamente de su ropa; tenía un cuerpo atlético y un miembro recto y brillante listo para la acción.
Se posicionó entre mis piernas abiertas y fue entrando en mí con una lentitud tortuosa que me hizo clavar las uñas en sus hombros. El contacto piel con piel, resbaladizo por los aceites esenciales, generaba una fricción ardiente y un sonido húmedo sumamente excitante. David se movía con un ritmo pausado y profundo, mirándome a los ojos y tocando cada uno de mis puntos sensibles.
Aquella tarde experimenté tres orgasmos consecutivos de una intensidad que jamás había vivido, acompañados por un clímax final donde él se vació dentro de mí con respiraciones profundas mientras nos abrazábamos en la cama perfumada.
Comentarios de la Comunidad (1)
Una mezcla perfecta de sensualidad y erotismo puro. Me encantó cómo describe la progresión del masaje.