Horas extras en el despacho: Mi primera vez con mi jefe
Trabajaba como asistente ejecutiva de Carlos desde hacía un año. Él tenía 42 años, traje impecable a medida, una presencia imponente y un carisma que ponía nerviosa a cualquiera. Durante meses mantuvimos una relación estrictamente profesional, pero siempre existió ese magnetismo subterráneo en cada reunión, esa forma en la que sus ojos se detenían un segundo de más en mis labios o en la abertura de mi falda de tubo cuando me sentaba frente a su escritorio.
Aquel jueves teníamos que cerrar una auditoría urgente. Eran más de las nueve de la noche y la planta ejecutiva estaba en completo silencio, con las luces de la ciudad iluminando el ventanal panorámico.
Carlos salió de su despacho con dos vasos de whisky y una sonrisa cansada pero seductora: 'Elena, ven un momento... creo que ya merecemos una pausa'.
Entré a su despacho. Las luces principales estaban apagadas, iluminado únicamente por la luz tenue del skyline de la ciudad. Me senté en el sofá de cuero negro. Se sentó a mi lado, quitándose la corbata y desabrochándose los dos primeros botones de la camisa blanca. Al brindar, nuestros dedos se rozaron y una corriente eléctrica me recorrió la espalda.
'Eres increíblemente eficiente, Elena... y peligrosamente atractiva', me dijo mirándome con una intensidad que hizo que mi corazón se disparara. 'Sé que no debería decir esto, pero me vuelves completamente loco'.
Me quedé mirándolo, sintiendo cómo el calor subía por mi cuerpo. En lugar de excusarme, di un sorbo a mi copa, me crucé de piernas dejando que la falda subiera unos centímetros sobre mis muslos y respondí: 'Pues lleva mucho tiempo disimulándolo muy bien, señor director...'.
Esa pequeña provocación bastó. Carlos dejó el vaso en la mesa baja, me tomó del rostro con ambas manos y me besó con una pasión arrolladora que me dejó sin aliento. Sus labios sabían a whisky y deseo. Respondí con el mismo apetito, pasando mis brazos alrededor de su cuello y enredando mis dedos en su cabello.
Me levantó en brazos con una facilidad pasmosa y me sentó sobre su enorme escritorio de caoba, apartando los informes con un movimiento decidido. Sus manos se deslizaron bajo mi falda, subiendo por mis medias de seda hasta llegar a mi tanga de encaje, que ya estaba empapado por mi propia excitación.
'Estás empapada por mí, Elena...', susurró con orgullo. Se arrodilló entre mis piernas y apartó la tela húmeda con la boca para comenzar a devorarme el clítoris con una lengua experta y voraz. Gemí apoyando las palmas en el escritorio frío, sintiendo el contraste entre la madera helada y el fuego abrasador que Carlos me provocaba en la entrepierna.
Cuando mis caderas empezaron a agitarse en busca del orgasmo, se puso de pie, se bajó los pantalones y me abrió las piernas de par en par. Su miembro era grueso y palpitaba con fuerza. Me tomó de la nuca y se introdujo en mí con una lentitud tortuosa que me hizo arquear la espalda y clavar los tacones en el borde del escritorio.
Comenzó a embestirme con fuerza y precisión. Cada estocada hacía vibrar los objetos del despacho. Me tomó de la cintura y me levantó para follarme con un ritmo salvaje mientras yo me mordía los labios para no gritar y despertar a los vigilantes de seguridad del edificio.
Terminamos en el gran sillón presidencial de cuero, donde me montó encima mientras yo cabalgaba sobre él hasta llegar a un orgasmo explosivo que me sacudió entera, seguido por su potente eyaculación dentro de mí.
Al día siguiente, cuando me saludó formalmente con un 'Buenos días, señorita Elena' en la reunión de directivos con un guiño imperceptible, supe que habíamos creado un secreto delicioso que repetiríamos muchas veces más.
Comentarios de la Comunidad (1)
El morbo del despacho y el jefe siempre es imbatible. Muy bien escrito y emocionante.