La fantasía que cumplí a solas con mi entrenador personal
Llevaba seis meses entrenando con Sergio. Él tenía 30 años, un físico esculpido al milímetro, hombros anchos, brazos venosos y una mirada penetrante que parecía desnudarme cada vez que me corregía una postura de sentadillas. Yo siempre iba con conjuntos ceñidos de licra que marcaban mis curvas, y no podía evitar notar cómo sus ojos se clavaban en mi trasero cada vez que me inclinaba.
Aquel viernes acordamos hacer una sesión tardía a última hora. A las diez de la noche el gimnasio quedó completamente vacío; el recepcionista cerró la reja y Sergio tenía las llaves maestras. La música suave de fondo y las luces tenues creaban un ambiente casi clandestino.
'Vamos a terminar con estiramientos intensos en la colchoneta', me dijo Sergio con voz grave. Me tumbé boca abajo sobre la esterilla. Se arrodilló detrás de mí y comenzó a presionar mis piernas para flexibilizar los isquiotibiales. Sus manos grandes y firmes fueron subiendo lentamente por mis muslos hasta apoyarse en mis glúteos. El calor de sus palmas atravesaba mis mallas finas.
De pronto, sus pulgares comenzaron a masajear suavemente la curvatura de mis nalgas con movimientos circulares. Mi respiración se cortó al instante: 'Sergio... ¿eso es parte del estiramiento?', pregunté con la voz temblorosa pero sin moverme ni un milímetro.
Se inclinó sobre mi espalda, sintiendo el calor de su pecho contra mi columna, y me susurró al oído con un aliento tibio que me puso la piel de gallina: 'Llevo meses deseando tocarte así, Valeria. Dime que te detenga ahora mismo o no voy a poder parar'.
Giré la cabeza y lo miré a los ojos. En lugar de apartarlo, levanté ligeramente las caderas hacia él en una respuesta inequívoca. Sergio sonrió con picardía, me tomó de la cintura y de un tirón me bajó las mallas y el tanga hasta las rodillas. Quedé en cuatro patas sobre la colchoneta, expuesta por completo ante el espejo gigante del gimnasio.
Se arrodilló entre mis piernas y comenzó a pasar su lengua caliente y experta desde mi entrepierna hacia arriba, lamiendo mis labios empapados y succionando mi clítoris con una intensidad que me hizo arquear la espalda y gemir con desesperación: '¡Dios mío, Sergio, sí... mírame en el espejo!'.
Me vi reflejada: él con su camiseta apretada arrodillado devorándome el sexo mientras yo me aferraba a la esterilla con los dedos crispados. Cuando me tuvo al borde del primer orgasmo, se desabrochó el pantalón corto de entrenamiento y sacó su miembro, enorme y pulsante.
Me tomó firmemente por las caderas y me penetró de una sola estocada profunda y seca. El choque de su pelvis contra mis nalgas desnudas resonó en todo el gimnasio vacío. Solté un grito ahogado. Estaba tan dura y grande que sentía cómo llenaba cada milímetro de mi interior. Comenzó a embestirme con un ritmo salvaje y dominante; cada golpe me empujaba hacia adelante y sus manos me sujetaban con fuerza marcando sus dedos en mi piel.
Me puso boca arriba sobre el banco plano de pesas, abrió mis piernas apoyando mis talones sobre sus hombros y me folló mirándome a los ojos sin piedad. El placer era tan abrumador que las piernas me temblaban descontroladamente hasta que mi cuerpo explotó en un orgasmo violento y prolongado que me dejó sin aire.
Segundos después, Sergio aceleró sus últimas embestidas gruñendo de placer y derramó una cantidad impresionante de esperma caliente profundamente dentro de mí. Nos quedamos jadeando en silencio, sudorosos y sonrientes, sabiendo que nuestros entrenamientos nunca volverían a ser normales.
Comentarios de la Comunidad (1)
¡Qué nivel de detalle! La escena del gimnasio en el espejo es puro fuego 🔥🔥🔥